Conforme el tiempo pasa, los requerimientos de un espacio arquitectónico cambian, por lo que es necesario ir renovando sus componentes para adaptarlo a las nuevas necesidades. Si bien lo idóneo en muchos casos para renovar un espacio arquitectónico que ha rebasado su vida útil, es hacer una obra nueva; muchas veces esto no es posible económicamente o no se cuenta con el espacio necesario, por lo que sería forzoso efectuar demoliciones que afectan las actividades diarias que en el citado espacio no se pueden dejar de hacer.

La primera consideración que hay que tener con un espacio arquitectónico que se desea renovar o remodelar es determinar si se pueden realizar adecuadamente todas las actividades para las que el espacio está asignado, o qué tipo de adaptaciones deben hacerse. En caso de que se deban hacer adaptaciones, se recomienda emplear muros divisorios de materiales ligeros, tales como panel de yeso (conocido por su nombre comercial, tablarroca), bloques aligerados o madera. Éste tipo de adaptaciones ayudan a ahorrar espacio y no comprometen de ninguna forma la estructura existente en la edificación. Si es necesario unir espacios o eliminar muros de carga divisorios, la función estructural se puede compensar con columnas elaboradas en perfil tubular de acero, lo que las hace delgadas y a la vez resistentes.

La segunda consideración que hay que tener, es qué elementos todavía son aprovechables y si su aspecto y funcionalidad continúan siendo aceptables. Normalmente los componentes que más se desgastan o sufren más el paso del tiempo, o simplemente “pasan de moda” son todos los relacionados con la estética y los acabados. Por el contrario, los componentes estructurales son los que tienen un desgaste más lento e incluso a lo largo de su vida útil forman parte de obras arquitectónicas de muy diversos aspectos.

Una vez que la función arquitectónica y el espacio interior se resuelven, ya podemos pasar a lo que es renovar propiamente la estética. Es importante darle prioridad al presupuesto en los puntos mencionados anteriormente antes de pasar a lo estético, ya que esta área absorbe una gran cantidad de presupuesto, y si no cuidamos primeramente la funcionalidad, se corre el riesgo de gastar mucho en lo estético sin resolver lo funcional, al quedarse sin presupuesto para ésta cuestión.

Comúnmente el área en la que más se invierte en una renovación o remodelación es precisamente en los acabados y por ello es el área en que más se debe tener atención, ya que de ella depende que una edificación rejuvenezca adecuadamente. Una buena elección de acabados puede aumentar considerablemente la calidad de una obra arquitectónica, por lo que se hacen las siguientes recomendaciones para ello:

  • Antes de pensar en una renovación de fachadas o en un cambio muy drástico de estilos, hay que considerar si un cambio de color es suficiente. El color es un elemento muy sujeto a las modas y como tal puede “modernizar” o “envejecer” una fachada o un espacio incluso sin hacer cambio alguno en su volumetría o construcción.
  • Preferir los acabados naturales de los materiales tales como ladrillo, piedra, concreto vaciado, aluminio, etc. Muchas veces todo lo que necesitan estos acabados es limpieza. El uso de pinturas, además de ser un gasto extra; lejos de rejuvenecer a los materiales pensados originalmente para ser aparentes, puede terminar arruinándolos.
  • Sobre las superficies pensadas para ser pintadas, el blanco es la mejor opción para las grandes superficies, es limpio, atemporal, su precio suele ser menor y además no se decolora con el tiempo; dejando los colores fuertes o “de moda” para detalles y para resaltar algunos elementos, lo que además hace que luzcan más que si se aplican en superficies muy grandes.
  • Eliminar en lo posible los acabados muy rugosos tanto en interior o exterior (tirol, pastas texturizadas, etc.), además de ser una reminiscencia de la moda de décadas pasadas, acumulan mucha suciedad, al sustituirlos con acabados lisos (lo cual suele ser un procedimiento económico) no sólo se obtiene mayor limpieza, sino que una edificación rejuvenece bastante.
  • Prescindir de adornos tales como molduras, rosetones, gárgolas falsas, etc., ya que además de que su costo últimamente está muy sobrevaluado (incluso las de imitación, que a los pocos años se deterioran) pasan de moda muy pronto y a menudo crean recovecos que acumulan suciedad e incluso sirven de “guarida” a la fauna nociva (palomas, panales de abejas, nidos de avispas, etc.), provocando un envejecimiento anticipado en las construcciones. Si ya existen estos elementos previamente, puede ser una buena idea removerlos.
  • Elegir recubrimientos cerámicos de colores combinables y con poco dibujo, ya que además de ser más atemporales, suelen ser de un menor costo que los de colores fuertes y dibujo muy intrincado. Las piezas pequeñas suelen ser más económicas que las grandes y una buena colocación les puede sacar mucho provecho.

Y la última recomendación, en general es buscar ideas realistas; lo que la arquitectura local nos pueda aportar y el consejo de un profesional es mucho más valioso que lo que las revistas de decoración o publicaciones similares nos muestran. Normalmente éste tipo de publicaciones nos enseñan modelos idealizados, aplicados a presupuestos prácticamente ilimitados. Si apreciamos más el entorno y los elementos con que ya contamos, buscando simplemente mejorarlos, podemos llegar a un mejor resultado, que además de funcional tenga una belleza auténtica. Sabemos que éste tema normalmente despierta muchas inquietudes, por lo que estamos abiertos a escuchar sus dudas y si es posible a proporcionar asesoría y consejos más precisos sobre su caso en particular.

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