La ciudad es una obra arquitectónica con ciertas características muy peculiares; es creada solamente con una planeación parcial (traza, servicios, topografía a gran escala, etc.) sin embargo su diseño y desarrollo es obra impredecible de todas las construcciones y espacios que participan en ella. A pesar del importante peso que tiene en su control y gestión la administración pública, ésta no puede controlar el impredecible movimiento de la masa que habita la ciudad y adapta su entorno a sus necesidades, y no sólo eso, sino que la ciudad se convierte en la expresión de las aspiraciones, frustraciones y valores de sus habitantes.

Así pues la ciudad es la expresión del diálogo público y la interacción de las arquitecturas que la componen. Es muy importante destacar que un conjunto de edificaciones no puede ser llamado ciudad si éstas no interactúan y contribuyen a su entorno, es por ello que en éste artículo queremos dar algunas recomendaciones para crear diseños arquitectónicos y construcciones mas armoniosas con su entorno urbano, como manera de mejorar individualmente y contribuir al mejoramiento colectivo, es decir, el bien común.

A través del tiempo, las ciudades se han desarrollado a un costo muy elevado para el medio ambiente que es muy importante considerar; actualmente el porcentaje de la superficie urbanizada de nuestro planeta se está multiplicando a gran velocidad quitándole a la tierra varios usos que son fundamentales no sólo para la supervivencia de la especie humana, como lo son los campos de cultivo sino para todos los seres vivos de la tierra, como lo son los diversos ecosistemas que existen (bosques, selvas, desiertos, etc.). Es por ello que el primer factor a considerar para que la arquitectura individual mejore las áreas urbanas es contribuir con la mayor cantidad posible de espacios cedidos a la naturaleza, tales como jardines y espacios con vegetación. Mas allá de su buena apariencia cosmética, la vegetación cumple un importante papel al mejorar la calidad del aire aportando mayor oxígeno y amortiguando el ruido, la contaminación y los vientos fuertes.

Ceder espacio en horizontal (terreno) a la naturaleza, se compensa construyendo a mayor altura, una edificación de mayor altura reduce también el consumo de servicios tales como agua o electricidad, al reducir las distancias necesarios para llevarlos desde sus fuentes, al poder servir en un núcleo reducido a un mayor número de usuarios. Además una edificación de mayor altura proporciona a sus ocupantes vistas más agradables y un ambiente más limpio, ya que los pisos superiores se encuentran más alejados de las emisiones propias de los vehículos que circulan en las calles.

Por último otro factor a considerar es reducir la construcción en colindancias, en la medida de lo posible, abrir espacios entre las edificaciones permite insertar mejor el entorno urbano en el natural, reducir la sensación de sobrepoblamiento o saturación de fachadas y mejorar las condiciones de privacidad al interior de las edificaciones; y por último es una buena medida de seguridad estructural, sobre todo en zonas sísmicas ya que reduce la propagación de la resonancia dentro de las estructuras, dejando que esta energía se disipe y escape, reduciendo su poder destructivo.

Éstas recomendaciones prácticamente sirven para cualquier proyecto y si deseamos que nuestras ciudades sean lugares mas agradables, limpios y seguros para vivir, podemos empezar como dice la sabiduría popular, que “el buen juez por su casa empieza”. Se ha demostrado plenamente que una sola obra arquitectónica puede ser un potente catalizador para que una zona entera se mejore y sus habitantes se muestren mas motivados a conservarla, porque al igual que la popular teoría de las ventanas rotas, que dice que una ventana rota hará que las personas que la vean rompan todas las demás; de igual manera, una ventana renovada puede motivar a que las personas que la vean mejoren todas las demás.

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