Parecería una completa incosistencia hablar de que una profesión como la arquitectura se encuentre en decadencia en un mundo en el que cada día se construye más y más. Edificaciones nuevas, megaproyectos de obra pública y una desmesurada expansión de las principales manchas urbanas del mundo son un escenario que todos los días presenciamos, el cual sin embargo esconde una oscura crisis que involucra a profesionistas, estudiantes, iniciativa privada y sector público. Una crisis cuyos resultados son muy palpables, salarios muy bajos, disminución de la calidad de las edificaciones, saturación de profesionistas desempleados, degeneración urbana, atraso tecnológico y en resumen el hecho de que la arquitectura ya no cumple su principal misión…proporcionar un hábitat digno a los seres humanos.

Como en todas las crisis habidas y por haber, la crisis de la profesión de arquitecto está motivada por un común denominador…la codicia. ¿La codicia de quién?, nos podríamos preguntar. Efectivamente es la codicia de la gran mayoría de los actores involucrados en ésta compleja crisis, la codicia de las inmobiliarias, la codicia de las constructoras, la codicia de las instituciones educativas relacionadas con enseñanza de la arquitectura, la codicia de las organizaciones gremiales (Colegios, Cámaras, Sindicatos, etc.), la codicia de los gobernantes, desarrolladores, inversionistas y tristemente en ultima instancia, la codicia también de los mismos arquitectos.

Comenzó en España

Para entender los orígenes de esta crisis que hoy en día ya es mundial y de la cual México tampoco se salva, es importante estudiar el caso de España. Como un país dentro de la esfera del primer mundo, con una economía fuertemente dominada por la industria de la construcción, España es un país en el que desde mediados de la década de 1980 la oferta de profesionistas arquitectos superó por mucho a la demanda. Detectamos aquí la primera muestra de codicia, la codicia de las instituciones educativas encargadas de la enseñanza de la arquitectura que han visto la educación como un negocio en el que es más importante la cantidad que la calidad, por lo que aumentaron irresponsablemente el tamaño de sus matrículas sin importarles enviar al mercado laboral a profesionistas que no contaban con las habilidades y conocimientos relacionados con lo que el mercado laboral realmente necesitaba.

Aunado a éste problema de saturación de profesionistas, muy pronto otros actores se sumaron, causando lo que posteriormente se conoció como la “burbuja inmobiliaria”. Los gobiernos en su natural codicia, se dieron cuenta de que la construcción podía ser un negocio muy lucrativo del que ellos también podían obtener provecho por el cobro de licencias, impuestos y otras contribuciones, en las que se encotraba omnipresente la corrupción. ¿Y si no había demanda de nuevas viviendas?…no importaba, lo único que importaba era construir y obtener el mayor margen de ganancias, sacrificando calidad en el proceso. El resultado de esto fueron inmensos fraccionamientos residenciales diseñados a la usanza de los suburbios norteamericanos, un modelo urbanístico que ha demostrado ser nefasto para las ciudades al generar contaminación y deterioro ambiental.

Innegablemente la burbuja inmobiliaria benefició en un principio a las empresas constructoras y a los despachos de arquitectos que pronto se vieron rebasados, pronto surgieron empresas nuevas y las existentes comenzaron a ampliarse, para ello necesitaban de una gran fuerza de trabajo, lo cual es costoso principalmente en España, un país en donde los salarios de los profesionistas son bastante elevados con respecto a los de otros países como México. Entonces las constructoras, inmobiliarias y despachos de arquitectura llegaron a una conclusión, necesitaban de empleados que cobrasen menos y trabajasen igual que un profesionista. La respuesta vino de las universidades, emplear estudiantes en su servicio social próximos a graduarse, eufemísticamente llamados “becarios”. En un abrir y cerrar de ojos, la mayoría de las empresas relacionadas con la arquitectura y la construcción, rebosaban de mano de obra gratuita que generaba grandes dividendos a sus empleadores, técnicamente una verdadera esclavitud.

Como todas las burbujas, inevitablemente la burbuja inmobiliaria española se reventó. Las viviendas construidas en fraccionamientos suburbanos fueron ampliamente especuladas por las inmobiliarias, lo que aumentó estratosféricamente los precios volviéndolas imposibles de vender. En este escenario fue que se comenzó a hablar de “los parados”, arquitectos que habían perdido sus empleos como consecuencia de la contracción del mercado inmobiliario. Muchos de estos arquitectos fueron reemplazados en sus trabajos por los susodichos becarios que cobraban menos (practicamente nada) por hacer el mismo trabajo, o incluso por profesionistas o becarios de paises con economías menos desarrolladas (lo cual era aún mas simple pues la mayoría de ellos venían de familias adineradas, con recursos suficientes para enviarlos a estudiar a España sin necesidad de trabajar), como los de Europa Oriental o Latinoamérica, incluyendo México.

En un punto los becarios toleraron estos abusos con la esperanza de ir labrándose un camino en el medio laboral y después de graduarse se toparon con la cuestión de que las empresas para las que trabajaban gratuitamente se negaron a contratarlos como empleados con todos sus derechos. Los parados al tener compromisos económicos que cumplir (préstamos para sus estudios, mantener a sus nacientes familias, etc.) no podían quedarse sin empleo y parecía que el emprendimiento empresarial era una salida natural a esta sobreoferta de profesionistas. Algunos pocos pudieron establecer colectivos, talleres y pequeñas empresas, pero la inmensa mayoría se topó con que necesitaba un empleo. Y entonces nuevamente las grandes empresas involucradas en la industria de la construcción encontraron una forma de seguir abusando de los profesionistas al crear el concepto de los “falsos autónomos”, profesionistas contratados no como empleados, sino como prestadores de servicios o proveedores, como una especie de empresas unipersonales a las que se les contrataba por dar un servicio sin ninguna otra relación de por medio.

Sin embargo lo que hace falsos a los falsos autónomos es que en la práctica se les trata y se les exige igual que a un empleado, pero al no serlo legalmente no se les paga ninguna clase de prestaciones, seguridad social o incluso días de descanso. Y a todo esto nos podemos preguntar que podrían hacer la mayoría de las organziaciones gremiales para defender los intereses de los arquitectos, la verdad es que nada, por el hecho de que si todo se mantiene como está seguirá beneficiando a las grandes cabezas de la industria de la construcción. Las soluciones que se han manejado en el gremio para nada son resolutivas, mas bien se busca paliar la situación desesperante que los arquitectos en España sufre, las alternativas incluyen emigrar al extranjero, especializarse en áreas profesionales poco concurridas y tratar de emprender con un negocio propio. Finalmente todo es cuestión de codicia.

El caso de México

Desgraciadamente los motivadores de la crisis española son bastante universales y aplicables al contexto que vive la industria de la construcción en muchos países, incluyendo México. En México la industria de la construcción esta estancada por estar mantenida, auspiciada y dirigida en torno a la obra pública, incluyendo la relacionada con la vivienda, la infraestructura y el equipamiento urbano. El porcentaje de despachos de arquitectos y empresas constructoras que exclusivamente realizan obra pública es inmensamente mayor al porcentaje de empresas que trabajan para particulares. Aunado a un sector muy falto de iniciativa, se tiene también el omnipresente problema de la corrupción que va desde la alteración de los procesos de licitación, alteración de las especificaciones con el fin de obtener ahorros y ganancias malhabidas; e incumplimento de las leyes vigentes en la materia.

Los contratistas de obra pública en México se encuentran entre la espada y la pared, por un lado obligados a trabajar con márgenes muy bajos de ganancia y por el otro lado convertidos en cómplices de una perversa maquinaria destinada a aumentar exorbitantemente el gasto público no solo desarrollando obras innecesarias y excesivamente costosas (en las cuales incluso se pueden cometer errores intencionales), sino contribuyendo al engranaje de la corrupción favoreciendo el retorno de una parte del presupuesto otorgado de los contratistas hacia sus contratantes, con el fin de ser favorecidos por éstos para la asignación de futuros contratos, lo que popularmente se conoce como “moche”. Sin embargo la mayor crisis que el sector de la arquitectura y la construcción afronta en nuestro país, no es necesariamente culpa del gobierno, sino de la iniciativa privada, que poco a poco ha dejado fuera la voluntad política y toda consideración de beneficio social, imponiendo como prioridad el beneficio económico.

A partir de la década de 1990, el gobierno dejó de tener influencia directa en el desarrollo de nuevas urbanizaciones y en la construcción de proyectos de vivienda masiva, delegando esta función en la iniciativa privada. El resultado de esto, fue que todo criterio centrado en el beneficio social fue desechado y se aceleró el proceso de degeneración del tejido urbano de las ciudades de nuestro país al crear las denominadas “anticiudades”, extensas urbanizaciones, “desarrollos” y “fraccionamientos” de tipo suburbano que en realidad parasitan de los centros de la ciudad, sin la infraestructura ni los estándares de calidad de vida adecuados, hacia los cuales las familias jóvenes y las personas de bajos recursos acuden en búsqueda de una vivienda; convirtiéndose así mismo estos lugares en focos de descomposición social y delincuencia que como verdaderos cánceres sobrecargan la infraestructura de las ciudades y merman la calidad de vida de todos sus habitantes.

La codicia de los arquitectos

En este contexto, los arquitectos como gremio y como individuos, lejos de aplicar los principios éticos con que se les ha formado, se han limitado a sacar provecho de la situación. Hoy en día, la mayoría de los colegios, barras y asociaciones de arquitectos y constructores parecen estar más preocupadas por captar las costosas contribuciones de sus agremiados, acallar las voces de los profesionistas disidentes y ocultar la evidente corrupción que prevalece en el sector. Mientras tanto, los arquitectos como individuos, están en su mayoría más preocupados por obtener reconocimiento y ventaja personal, que en considerar el bien público y contribuir a dignificar el hábitat del ser humano. Se hace arquitectura para los grandes intereses económicos, los grandes poderes políticos y los sobredimensionados egos de los “starchitects” (arquitectos estrella); hoy en día se hace arquitectura para todos, menos para quien debería de ser…para los seres humanos.

El ejemplo que los arquitectos de hoy, le dan a los arquitectos del mañana no puede ser peor. Cada vez más jóvenes estudian la profesión de arquitecto no por el afán de dignificar los espacios donde los seres humanos habitan, sino por buscar un interés económico (que al menos que estos jóvenes tengan las influencias y los contactos indicados), no lograrán obtener. El círculo vicioso no se detiene ahí, los arquitectos mas veteranos en su mayoría se niegan a compartir el conocimiento adecuado por temor a que los arquitectos mas jóvenes “les quiten el trabajo” al educar a su futura competencia. Decenas de escuelas de arquitectura surgen cada año con programas educativos más raquíticos que ofrecen a los jóvenes un espejismo perverso, con la promesa de convertirlos en exitosos profesionistas que saldrán con un “empleo garantizado” (el cual obviamente no existe), ocultando lo que es ahora en realidad la arquitectura, una profesion que ya no tiene el propósito que la creó, que ha perdido el rumbo y que lo mejor sería que dejara de existir en la forma actual que tiene.

¿Hay alguna solución?

El problema de la habitabilidad humana requiere ya no sólo de un oficio o una profesión de naturaleza estilística, sino de una verdadera ciencia que abarque todos los factores tecnológicos, sociales, biológicos y emocionales que deben confluir en la creación de espacios habitables adecuados al ser humano. Se requiere de la participación de numerosos profesionistas de campos muy distintos para crear productos que sean acordes con el progreso tecnológico que la civilización humana está experimentando en la actualidad, al mismo tiempo que se logre vivir en armonía con la naturaleza. Debemos despojarnos del falso orgullo de una modernidad obsoleta que glorifica al ser humano hasta niveles irracionales como el dueño absoluto del entorno que le rodea. La arquitectura debe dejar de ser un capricho de los más privilegiados para convertirse en un verdadero bien de utilidad social que permita a la humanidad continuar con su desarrollo no solo material, sino también mental y espiritual. Solo así la arquitectura continuará siendo una profesión digna y necesaria en la lucha por crear un mundo mejor.

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